La historiografía europea se ha acostumbrado durante largo tiempo a tener una imagen negativa de la Edad Medía en general y la Alta Edad Media en particular, en gran parte heredada por los antiguos prejuicios ilustrados que todavía perviven en algunas escuelas y corrientes historiográficas.

En el mundo anglosajón este celebre período es conocido como “Dark Ages” o Edad Oscura, caracterizado por la escasez documental, el relativo atraso general respecto a la sociedad romana anterior y el alto índice de inestabilidad y peligrosidad que se había generalizado a lo largo de Europa. En la mayoría de obras de cabecera y principales trabajos sobre esta época, el aire de intolerancia, belicismo y declive del mundo altomedieval es una constante notable (algo que actualmente está cambiando a posiciones más neutrales al respecto).

Carlomagno ordenando la construcción de una iglesia y el derribo de una estatua pagana sajona: la Europa barbarizada y salvaje suele ser la típica imagen del mundo que nació de las invasiones al Imperio Romano, imagen que ha sido heredada en gran parte por la historia tradicional. Si bien es verdad que debieron ser siglos difíciles y caóticos en gran parte, la sociedad europea evolucionó, se adaptó y supo mantener cierta estabilidad a pesar de los conflictos y otros problemas.

Pero ciertos puntos geográficos han destacado a su vez entre los historiadores por ser una especie de islas de desarrollo e innovación entre reinos “barbarizados” y violentos conquistadores, las cuales se caracterizaban por sus gobiernos centralizados con suficiente autoridad fiscal y ejecutiva sobre sus territorios, lo que se podrían considerar algo similar a lo que se concibe como estado.

Tradicionalmente se han destacado dos grandes ejemplos: por un lado, el Imperio Bizantino y su variable solidez a lo largo del tiempo, y por el otro, el Emirato y posterior Califato de Córdoba, una de las principales potencias musulmanas tras la desintegración del poder abasí en Oriente Medio. El Califato de Córdoba ha destacado por ser considerado, casi mitificado, como un farol de civilización y convivencia en ese período oscuro, así como también ha habido voces disonantes y críticas al respecto. Es en este último debate donde centramos la atención, repasando parte de su desarrollo histórico y social.

El relato de las tres culturas (musulmanes, judíos y cristianos) ha sido típico a la hora de hablar de Al-Ándalus, pero la realidad no era tan simple como una simple convivencia pacífica en una región con continuas guerras y revueltas.

Al-Andalus bajo el Califato Omeya

Las últimas décadas del Al-Ándalus emiral fueron bastante convulsas ante una serie de gobernantes incapaces de controlar la situación. El ascenso de Ábd al-Rahman III al poder, auspiciado por su abuelo tras la ejecución de su padre, no fue sencillo. Necesitó de muchos años para poder estabilizar la situación caótica con la que se encontró y renovar la autoridad política de Córdoba sobre el resto de territorios.

La heterogénea sociedad andalusí era ciertamente complicada de gestionar desde la gobernanza y había sido uno de los grandes problemas de los emires omeyas, pero Ábd al-Rahman consiguió solventar las rivalidades entre bereberes, árabes, eslavos y otras etnias unidas en fuertes poderes regionales para que volviesen a jurar lealtad al gobierno cordobés y a la extensa familia omeya. Así mismo, fue necesario instalar personas de confianza en los gobiernos provinciales, provenientes de las familias clientelares ligadas de diferentes maneras a la dinastía gobernante.

Ábd al-Rahman necesitó varios años para restaurar el poder de Córdoba, pero en el proceso logró acabar con muchos problemas crónicos del Emirato, como la excesiva división y heterogeneidad de tribus musulmanas, antagonistas entre ellas por motivaciones étnicas y culturales, lo que fortalecería la autoridad central a través de una amplia arabización.

Al poco de acabar con estas tensiones internas, los ejércitos cordobeses volvieron a irrumpir en sus fronteras para expandir su influencia sobre los reinos cristianos en el norte y las dinastías musulmanas del Magreb. El prestigio y reconocimiento del pueblo hacía Ábd al-Rahman fue tal que, ante la amenaza del rival califato chií de los fatimíes, decidió recuperar para la dinastía omeya el título de califa, en parte como instrumento simbólico de soberanía frente a sus enemigos musulmanes más directos.

Sin duda alguna, Madinat al-Zahra’ fue el mayor ejemplo de este ascenso simbólico de la dinastía al poder califal, su materialización física. Esta ciudad palatina seguía los esquemas orientales de un palacio aislado para el gobernante, una tradición de gran antigüedad y que los musulmanes habían conservado. La construcción de este edificio implicó formalizar una corte como tal, con una codificación de modales y prácticas que se fue desarrollando a medida que la corte se fue asentando.

El enorme palacio de Madinat al-Zahra’ es el culmen de la arquitectura del período omeya en Al-Ándalus. Su construcción requirió de mucho tiempo y recursos, pero resultó en una esplendorosa ciudad-palacio que no solo fue el hogar del poder central, también fue uno de los mayores centros de saber del mundo occidental.

En este entorno se sucedieron los descendientes de ‘Abd al-Rahman durante el siglo siguiente, cuando tras unas décadas de gran inestabilidad, gobiernos corruptos y debilitación del poder califal se produce la Fitna de Al-Ándalus y el desmembramiento del estado cordobés.

Las transformaciones califales para un nuevo orden social

Las rebeliones producidas al final del periodo emiral, especialmente la prolongada sublevación de los renegados cristianos de Ibn Hafsun en Bobastro, llevaron en gran parte al final de la heterogeneidad tribal y étnica que se daba a lo largo del territorio andalusí. Estos obstáculos suponían un problema para la autoridad central, cuyos agentes debían alcanzar todo el territorio dentro de sus fronteras, por lo que su supresión era necesaria.

La ordenación de la población vivió, dirigidos desde Córdoba y sus gobernadores, una tendencia a urbanizarse. El desarrollo de las medinas, especialmente alrededor de alcázares y fortalezas previas, durante este periodo explica cómo los estándares árabes de ciudad se van asentando y se produce una efectiva islamización de la sociedad a varias escalas. Esta relativa uniformidad de la sociedad era de interés para los omeyas, buscando evitar la anarquía que se había dado con las diferencias internas entre culturas y etnias, así como las redes clientelares y relaciones privadas de poder de emires desleales y caciques en rebelión en los años anteriores al Califato.

Vista de la medina de Fez, Marruecos. La ordenación urbana musulmana tradicional destaca por sus estrechas y caóticas callejuelas, lo cual ayuda en climas cálidos a protegerse del ingente calor. Al tratarse de las partes más antiguas de las ciudades, es donde se agolpan los principales edificios, como las mezquitas y los alcazares. Las ciudades de Al-Ándalus no debían ser muy diferentes.

Se puede considerar, por lo tanto, que la proclamación como califa está íntimamente relacionado con la estatalización progresiva de Al-Ándalus. Este proceso llevó a nuevos esquemas sociales, basados en la homogeneidad y la igualdad jurídica y fiscal: en gran parte se siguió la concepción como tal de “ummah” o comunidad islámica, donde todos son musulmanes iguales y unidos ante el estado, en este caso dirigido por uno de los sucesores del profeta en su figura como califa. Las minorías no-musulmanas tienen cabida en esta sociedad, normalmente protegidos por el gobernante a cambio de una tributación propia, la yizia.

Esta sociedad fue gestándose a la vez que el derecho islámico se consolidaba como sistema jurídico. Los primeros sabios árabes que compilaron los ejemplos del Profeta, así como sus propias deducciones para codificar una legislación basada en la tradicional oralidad árabe y la transmisión de los hechos del Profeta y su familia, la cual tendría una clara inspiración religiosa. Los especialistas que fueron surgiendo en este campo a medida que las escuelas proliferaban crearon un nuevo grupo dirigente, los ulemas, cuyo saber permitía el desarrollo de una legislación jurídica, religiosa y moral que apuntalase los logros del califa.

Los ulemas, individuos doctos en distintos campos pero especialmente en religión y jurisprudencia islámica, juegan un papel primordial en la sociedad musulmana. Su capacidad interpretativa de leyes los convirtieron en muchos momentos de la historia en ejes fundamentales para el funcionamiento de los estados musulmanes, configurando una clase íntimamente relacionada con las dinastías gobernantes o sus peores detractores en caso de conflicto doctrinal.

Las herramientas estatales para acercar este poder al pueblo y familiarizarlo a él no solo se producía a través de la numismática y la epigrafía propagandística. La complejidad de Al-Ándalus necesitaba de grandes esfuerzos. Los ulemas, imanes y predicadores leían edictos y reafirmaban el poder de la corte cordobesa a sus comunidades, mientras los jueces y burócratas decidían en pleitos y ratificaban decisiones en su nombre. Todos los procesos quedaban empapados por la autoridad del califa omeya, de una manera u otra.

La tolerancia de la sociedad andalusí, ¿realidad o ficción?

En este contexto fortalecido para los omeyas, tradicionalmente se ha hablado desde algunos sectores de la historiografía que la convivencia y la tolerancia entre diversas gentes estaban al orden del día en un crisol cultural con pocos precedentes similares.

Si bien es verdad que los musulmanes y sus divergencias doctrinales internas convivían con cristianos y judíos en calidad de dhimmis o “gentes del libro”, no hay muchas informaciones sobre estas minorías bajo los omeyas, aunque queda patente que la mezcla cultural andalusí fue notable y recibió muchos aportes. Cabe destacar además sus papeles de importancia en la corte de Córdoba, con nombres notables como el obispo de Elvira, Recemundo, o el médico judío Hasdai ibn Shaprut, que actuaron como dignatarios y consejeros oficiales del califa.

Bajo la influencia de la corte cordobesa, el dialogo entre gentes de diversos orígenes era incesante. Muchos cortesanos provenían de culturas muy diversas mientras que llegaban dignatarios de reinos bastante lejanos del contexto peninsular, como el enviado alemán del emperador Otón I.

Una razón poderosa que nos puede decir que la convivencia y la cordialidad eran una realidad general es bastante simple: la tolerancia iría de la mano con el crisol cultural que se dio en esta época, en la que Al-Ándalus fue territorio de nacimiento y reunión de multitud de sabios que se juntaron y trabajaron en una importante escuela del saber, tanto científico como humanístico. Entre ellos se cuentan a personajes como el temprano Ibn Firnás, al-Zahrawi, al-Bakri y muchos otros, así como una miríada de pensadores, no solo musulmanes, que se dieron en los siglos posteriores siguiendo esta estela en las taifas y en los territorios circundantes. Al-Ándalus se convirtió en el centro de progreso del occidente europeo por largo tiempo.

Este ambiente dio lugar a grandes desarrollos para el conocimiento e importantes obras de distintas disciplinas, además de convertirse en una de las vías por las que los europeos medievales recibieron traducciones de obras clásicas que los árabes habían llegado a conservar. En estas circunstancias, la tolerancia y la dialéctica entre grupos culturales debía de darse de manera necesaria, algo que el Califato apoyó abiertamente con recursos e infraestructura.

A pesar de ello, no hay que caer en generalizaciones, ya que aunque se puede hablar de un “paradigma cultural dominante” en la hibrida cultura andalusí, se dan circunstancias de tirantez e intolerancia por igual. No hay que olvidar que el islam ha tenido siempre numerosos conflictos internos y no son raros los conflictos directos entre sus diversas ramas e interpretaciones, que bajo el Califato también ocurrieron.

Tampoco hay que olvidar las inconstantes luchas con los reinos cristianos del norte y las posibles protestas y levantamientos de los mozárabes cristianos, un importante sector de la población de Al-Ándalus. Estos momentos de tensión podía acabar en una represión violenta por parte del estado y los consecuentes martirios de algunos individuos, muy populares en las hagiografías que circulaban en la Europa cristiana de la época.

Con el paso de los siglos, muchos cristianos se habían convertido, por lo que gradualmente fueron siendo un grupo más minoritario y vulnerable a persecuciones en tiempos inestables. Al fin al cabo, los musulmanes eran los conquistadores y los cristianos y los judíos los conquistados, aunque los primeros diesen holgada libertad a los segundos.

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Almanzor o al-Manṣūr, el gobernante efectivo de Al-Ándalus por muchas décadas, llevó al Califato al cenit de su poder y extensión con importantes victorias frente a los remanentes cristianos del norte. A pesar de ello, desatendió la política interna y su actitud ortodoxa respecto a lo religioso lo llevó a reprimir en parte la libertad existente bajo los primeros califas. A los pocos años de su muerte, su familia perdió el poder en la corte cordobesa y el Califato, sin un liderazgo fuerte, se disgregó con la Fitna de Ál-Ándalus en varias taifas.

El propio estado califal, interesado en los beneficios fiscales y culturales que traía la convivencia, se veía dominado por ímpetus ortodoxos e intolerantes de vez en cuando. Algunos de los últimos califas y sus allegados se mostraron hostiles a toda la comunidad de pensadores que tenían en Córdoba y perseguían lo que se consideraban herejías respecto a la doctrina islámica oficial. Incluso el hayib al-Manṣūr, durante muchas décadas gobernante de facto del estado, destacó como importante rigorista islámico: no admitió estas controversias que hacían peligrar lo que consideraba la integridad de la fe, censurando a los pensadores cordobeses hasta el punto de quemar muchas de las obras de la biblioteca califal de al-Hakam II.

Conclusiones

A grandes rasgos, se puede considerar que la sociedad andalusí fue el gran centro de tolerancia de su periodo. Si bien esto se debía a los intereses económicos que suponía tener una gran proporción de población judeocristiana para imponerles la yizia, entre otras cosas, no cabe duda de que la convivencia cultural permitió un intercambio sin precedentes entre tres mundos que tradicionalmente eran y son herméticos entre ellos.

El conocimiento fluyó en gran cantidad y la paz social fue considerable mientras el estado se mantuvo estable, por lo que no estamos desencaminados si consideramos al período del Califato de Córdoba como un hito de la historia peninsular más allá de un mito o una sobrevaloración: una época dorada para el pasado en el que merece detenerse.

Bibliografía

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GUICHARD, Pierre. De la expansión árabe a la Reconquista: esplendor y fragilidad de Al-Andalus, Granada: El Legado Andalusí, 2002.

MANZANO MORENO, Eduardo. Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de Al-Andalus, Barcelona: Crítica, 2006.

MANZANO MORENO, Eduardo. «Qurtuba: algunas reflexiones críticas sobre el Califato de Córdoba y el mito de la convivencia». En Awraq: Estudios sobre el mundo árabe e islámico contemporáneo, nº 7, 2013.

 

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