El cristianismo emergió en el turbulento seno del judaísmo de principios del siglo I, una religión enfrascada en un enfrentamiento con el helenismo, representado en ese momento por Roma. En los años 30 el panorama judío estaba lleno de profetas apocalípticos que capitalizaban la profunda desazón “nacional” y fanatismo religioso de determinados sectores. En este contexto creció un movimiento baptista y nacionalista en Galilea en torno a Juan el Bautista, de donde saldrá un profeta rural y muy espiritualista llamado Jesús. Al parecer, el grupo planeó (o así se entendió desde las autoridades) dar un golpe en Jerusalén, pero la empresa fracasó y algunos, entre ellos Jesús, fueron ejecutados. Sin embargo sus seguidores no se desbandaron ni desanimaron, sino que vieron el “sentido” de sus predicaciones como la llegada inmediata del Mesías y su supuesta resurrección. Este pequeño núcleo fue extendiendo el mensaje, aunque con muy diversas variaciones e interpretaciones, casi tantas como comunidades.

La situación del judaísmo en estas primeras etapas del Imperio Romano no era precaria ni mucho menos, se caracterizaba por sus amplios privilegios, un agresivo proselitismo y su tendencia a conformar sectas. Los judíos representaban el 10% de la población y estaban concentrados en Oriente donde, siendo el 25% y teniendo una estrecha relación con reinos cercanos a los temibles partos, suponían un potencial foco de rebelión en Palestina, Alejandría y determinadas ciudades. A pesar de ello, inicialmente tuvieron una situación privilegiada y única, ya que tuvieron la fortuna de apoyar a Julio César en su aventura egipcia, lo cual les aseguró autonomía administrativa y extensos privilegios jurídicos a sus comunidades. Estas ventajas, que solo afectaban totalmente a los judíos de raza censados en la sinagoga, consistían en: evitar el culto oficial, gozar de derecho de reunión para cuestiones religiosas y civiles, poseer una administración y justicia propias, conservar cementerios propios, derecho de recolectar el “dinero del Templo” enviándolo a Jerusalén, derecho a no realizar el culto oficial y la exención del servicio militar por su observancia del sábado y sus restricciones alimentarias.

Uno de los privilegios más controvertidos de los que gozaban las comunidades judías era el derecho a recolectar el “dinero del Templo” y enviarlo a Jerusalén, algo que Vespasiano reconvertirá en un impuesto especial a Júpiter Capitolino tras la revuelta de 66-70.

Pero esta situación de amistad y buena relación con el Imperio se fue deteriorando por varias razones políticas y sociales, resintiéndose progresivamente los privilegios. Desde el punto de vista político: el expansionismo romano con su religión cívica, las constantes revueltas judías en Palestina en connivencia con los partos y los problemas entre las propias sectas judías, especialmente con el crecimiento del cristianismo. Por su parte, la sociedad y muchos intelectuales (Cicerón, Flavio Josefo, Séneca) dejaron de ver al pueblo judío como aliado por sus privilegios y singularidades, creciendo una desconfianza que terminaría en abierto antisemitismo.

En Palestina hubo tres rebeliones judías muy importantes, arrasando la región y debilitando a las comunidades cristianas más conservadoras de los ritos judíos: una primera entre el 66 y el 73, cuando fue arrasado el templo de Jerusalen; una segunda entre el 115 y el 117; y la definitiva, la revuelta de Bar Kokhba entre el 132 y el 136.

En este rechazo y miedo fue muy importante el proselitismo, la capacidad del judaísmo para extenderse entre las comunidades helenísticas (gentiles), algo que ya ocurría antes del cristianismo. Los gentiles podían acceder plenamente como prosélitos, integrándose plenamente mediante el bautismo y la circuncisión, o como metuentes, estando en el entorno de la sinagoga cumpliendo la Ley pero de forma laxa, por ejemplo sin circuncidarse. Como puede entenderse fácilmente, había muchísimos más metuentes, atraídos por la dogmatica judía pero repelidos por sus implicaciones prácticas. En la sinagoga se les aceptaba con gusto, ya que eran una gran fuente de apoyo socioeconómico y de futuros prosélitos. El éxito del proselitismo fue espectacular (también fuera del Imperio, en Oriente), en especial entre las mujeres, ya que los hombres eran más reacios a cumplir una norma tan estricta y, por supuesto, a la circuncisión. Las autoridades locales se alarmaron e incluso desataron alguna persecución puntual, ya que en ocasiones algunas ciudades helenísticas cumplían de hecho las costumbres judías de forma general. La diáspora, unida al universalismo, quebró la concepción de religión nacional, algunos judíos como Filón de Alejandría llegaron a romper abiertamente con la exclusividad de Israel, presentando sus creencias directamente al público culto helenístico.

La última característica sería la tendencia a producir dentro del propio judaísmo grupos, sectas que solo tenían en común la Escritura y la Ley. Eran fruto de la diferente combinación de las influencias latentes dentro del judaísmo: helenísticas, legalistas, apocalípticas, nacionalistas, mesiánicas, gnosticistas, ascéticas… Uno de estos grupos/sectas fue el cristianismo, en el cual predominaron las influencias mesiánicas y ascéticas y que, al desarrollarse, volvería a reproducir la tendencia a fragmentarse del judaísmo, generando infinidad de grupos hasta nuestros días.

Dentro del judaísmo había numerosas sectas y tendencias que solo compartían la Escritura y la Ley. Destacaban diversas tendencias: legalistas, helenísticos, apocalíticos nacionalistas, mesianismo, gnósticismo, magia y ascetismo. Un ejemplo serán los esenios, a quienes pertenecen los Manuscritos del Mar Muerto (imagen).

El  cristianismo supuso el culmen del proselitismo judío universalista de la mano de Pablo de Tarso, un antiguo judío ortodoxo que, influenciado por la muy helenizada comunidad de Antioquía, vio en la Nueva Alianza de Jesucristo la superación de la Ley judía y la realización de la promesa universalista de Yavhé. Esto se traducía en aceptar a los gentiles en la sinagoga sin necesidad de circuncidarse, lo que provocó el rechazo frontal de los judíos ortodoxos-rigoristas, incluidos muchos cristianos, en especial el núcleo duro de Jerusalén dirigido por Jacobo, el “hermano de Jesús”. Durante unos cuantos años se produjo un conflicto abierto en Pablo y los apóstoles, que finalmente llegará a un acuerdo entre Pablo, que se encargará de los gentiles no circuncidados, y Pedro, que se centrará a los judíos circuncidados. Este acuerdo marginará a los sectores más conservadores y se evidencia en las cartas de San Pablo.

La reforma de Pablo de Tarso proponía abrir el cristianismo totalmente a los gentiles, algo que generó fuertes tensiones con los sectores más conservadores, encabezados por los apóstoles. Finalmente se llegó a un acuerdo, repartiéndose los fieles entre ambos sectores, situación que se mantuvo hasta que los helenistas se hicieron con el control total al crecer exponencialmente mientras los conservadores eran dispersados de su feudo palestino a causa de las revueltas.

Los grandes beneficiarios de esta reforma paulina eran los numerosísimos metuentes, quienes como gentiles sin circuncidar por fin podían entrar en las sinagogas y se unieron al cristianismo en masa. Esto marcaría una expansión del cristianismo sin precedentes por las sinagogas urbanas de Asia Menor, Grecia, Macedonia y Roma, a la vez que los reductos más conservadores de judeocristianos eran exterminados o dispersados a causa de las revueltas en Palestina, su gran feudo. La preeminencia de los helenistas y la destrucción de los conservadores, convertirá a los primeros en los dueños del cristianismo y asegurará la victoria de la visión paulina, adaptando a la secta judía a la sociedad helenística en las formas y rechazando la Ley en benefició de la Fé.

Llegado a este punto, la diferencia entre el cristianismo y el judaísmo ya eran evidentes, pero los cristianos eran reacios a salir del paraguas que proporcionaba la sinagoga. Una posición muy comprensible, ya que no solo eran originarios de allí, si no que al salir se perdían automáticamente todos los privilegios de los que gozaban los judíos. Pero claro, conforme pasaban las décadas, las diferencias terminaron siendo insalvables: la divinización de Jesucristo, las especulaciones trinitarias, el creciente rechazo de la Ley, la introducción de los Evangelios en la Biblia, el surgimiento de una jerarquía y ritos propios y la aplastante mayoría e influencia de los gentiles helenísticos, que desjudaizarán al movimiento con una clara influencia moral estoica.

Por todo ello, se puede afirmar que la expansión de la secta judeocristiana fue posible gracias a la unidad política y cultural que suponía el Imperio Romano y a la red de sinagogas establecida por la diáspora judía en los núcleos urbanos, conformando un sistema idóneo para la rápida trasmisión de ideas. Por otro lado, el ideal monoteísta cristiano pudo ser atractivo en un sistema imperial (principado), que a lo largo de los años se fue divinizando coqueteando con la idea imperial oriental, y en algunos ámbitos de la cultura y la filosofía paganas, en especial los neoplatónicos y estoicos, sirviendo como enlace filósofos como Plotino y Orígenes.

La persecución de los cristianos se generalizó cuando la nueva religión se independizó de la sinagoga judía, dejando de estar cubierta por sus extensos privilegios y viendo su crecimiento una amenaza a la religión cívica oficial a finales del III – principios del IV.

 

Durante los dos primeros siglos no hubo persecuciones generalizadas, salvo algunas localizadas como la realizada en Roma por el emperador Nerón, al estar los cristianos bajo el paraguas de los privilegios judíos. Pero en cuanto salieron de las sinagogas comenzaron sus problemas con el Imperio y las persecuciones, en especial en la segunda mitad del siglo III (Decio y Valeriano) y a principios del IV (Diocleciano). Sin embargo, el cristianismo estaba más que consolidado tras dos siglos en los cuales había asimilado mucho y no se había dejado asimilar, así que resistió los duros embates que supusieron las persecuciones, saliendo incluso reforzando de ellas al añadir el poderoso mito de los mártires a su tradición. De hecho, el mayor problema del cristianismo en estas tempranas épocas no vino del estado romano y su represión, sino de sus divisiones y conflictos internos, costumbre heredada de su ancestro judío y potenciada por la falta de un dogma claro. En estos primeros siglos se irá conformando el dogma, a la vez que surgía una jerarquía eclesial encabezada por los obispos y se creaba un nuevo canon sagrado, el Nuevo Testamento. Las disputas internas se centraban en torno a la condición de Jesús y al rigorismo, chocando posturas más laxas (Roma) con posturas más rigoristas (África), el primer tipo afectó duramente a Oriente y el segundo a Occidente de forma menos turbulenta.

Constantino el Grande fue el primer emperador en autorizar el culto cristiano (313), la tradición lo achaca a su conversión tras un milagro en la batalla del Puente Milvio, probablemente fue por pragmatismo ante el crecimiento exponencial del cristianismo.

Finalmente, en el siglo IV la Iglesia logró integrarse en el Estado Romano a partir de la política de Constantino, con los Acuerdos de Milán (312 – 313). La política religiosa de Constantino hizo que el emperador interviniera activamente en los asuntos internos de la Iglesia mediante concilios, reuniones de obispos, destacando el Concilio de Arlés (314), convocado frente al donatismo surgido en África, y el Concilio de Nicea (325), que logró derrotar definitivamente al donatismo pero no al arrianismo, que siguió resistiéndose, llegando incluso a los reinos germanos (Hispania visigoda). Los siguientes emperadores siguieron esta tendencia, salvo el fallido intento de involución de Juliano el Apóstata, reforzando el poder de la Iglesia hasta la culminación del proceso con Teodosio I, quien, bajo la poderosa sombra de Ambrosio de Milán, en el Edicto de Tesalónica (380) encumbró al cristianismo niceno como religión oficial del Estado. Para una religión cívica como la romana, esto suponía darle un golpe de muerte. Poco a poco el cristianismo paso de perseguido a perseguidor, tanto del moribundo paganismo como, sobre todo, de los propios herejes cristianos que no aceptaban la ortodoxia nicena. Esta política marcó un antes y un después, apoyándose el Imperio en la Iglesia, que conformará un estado dentro del estado que llega hasta nuestro días.

San Ambrosio de Milán remarco el inmenso poder terrenal de la Iglesia sobre el estado, llegando a excomulgar al propio emperador Teodosio (390), quien se sometió al prelado aceptando la penitencia.

A lo largo de estos tres siglos, el cristianismo evolucionó hasta conformar una religión independiente del judaísmo, al cual considerará superado, y lograr convertirse en la religión oficial del Imperio. Pasará por cuatro fases distintas: una primera escatológica y apocalíptica en los años 30, donde considera inminente el fin del mundo (Pasión); una segunda carismática, en la cual los dirigentes son capaces de obrar milagros y los creyentes están en contacto con la divinidad; una tercera sacramental, fuera del judaísmo y en la cual aparece la eucaristía para sustituir el contacto directo; y una cuarta y final institucional, en la que la Iglesia representa a la religión conformando una ortodoxia y un canon bíblico, persiguiendo a los nuevos profetas y seguidores de otras corrientes como herejes.

 

BIBLIOGRAFÍA

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  • Teja Ramón, El cristianismo primitivo en la sociedad romana, Editorial Itsmo, Madrid, 1990.
  • Nacar Fuster, Eloino y Colunga Cueto, Alberto, Sagrada Biblia, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1975.

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