Polonia vive en las décadas centrales del siglo XVII uno de los momentos más dramáticos de su historia: El Diluvio. Debilitada por las guerras contra tártaros y cosacos respaldados por Zarato Ruso, deberá hacer frente a una gran invasión sueca que inunda su vasto territorio y pone al país en una situación próxima al colapso.

La Unión de Lublin: el paraíso de los nobles.

Pese a las diferencias religiosas y a un largo historial de enfrentamientos, Suecia y Polonia no eran tan diferentes. Ambas fueron concebidas como monarquías duales nacidas de una unión personal con una entidad menor (Finlandia y Lituania) que luego se convirtió en una unión constitucional y su sociedad estaba dominada por una poderosa aristocracia terrateniente que debía su poder económico a la posesión de enormes latifundios explotados mediante trabajo servil.

Ambas eran también monarquías relativamente débiles que desde la Edad Media habían pasado por una serie de cambios dinásticos y experimentos constitucionales. La Unión de Kalmar con Dinamarca y Noruega llega a su fin en 1523, cuando Gustav Eriksson I de la Casa de Vasa crea una monarquía sueca independiente, aunque con un poder real sujeto a una Dieta nobiliaria. En paralelo se da un rápido avance del protestantismo y queda establecida una iglesia nacional reformada por iniciativa regia.

Por su parte, la historia de Polonia y Lituania estará marcada por un estado casi perpetuo de interregno tras la extinción de la línea masculina de la dinastía Jagellón con la muerte de Segismundo II Augusto. Este había sido artífice de la Unión de Lublin (1569) entre ambas entidades y durante su reinado había confirmado los enormes privilegios políticos de la nobleza (szlachta) representada en las cámaras del Sejm (Parlamento) y el Senat (Senado) así como el carácter electivo de la monarquía.

Una Libertad Dorada (Aurea Libertas) garantizaría la coexistencia de una nutrida nobleza multiétnica integrada por hasta 70.000 familias católicas y protestantes que se beneficiaban de la tolerancia religiosa sancionada por la Confederación de Varsovia (1573) mientras el resto de Europa se desangraba en guerras de religión y que hablaba entre sí en un fluido latín que hacía las veces de lengua franca. La otra cara de la moneda serían las permanentes fricciones nobiliarias que presentaba la búsqueda de un candidato al trono de entre las principales casas reales europeas que aceptase su inusual estilo de gobierno.

Los reinados de Enrique de Valois (1573-1574) y Esteban Báthory (1576-1586) pondrían a prueba las limitaciones efectivas del poder regio y la rivalidad existente entre los distintos partidos de la aristocracia. El primero sería recordado como uno de los peores monarcas de la historia de Polonia y terminaría fugándose a espaldas de sus súbditos provocando la indignación general. De su efímero paso por el trono quedarían los llamados Artículos de Enrique, un estatuto permanente que habrían de jurar todos los monarcas a partir de entonces junto con el tradicional Pacta Conventa. El segundo, pese a su origen transilvano, va a ser recordado como un héroe nacional, pero lo cierto es que solo logró poner fin a la costosa Guerra Livona (1558-1582) contra Iván el Terrible tras numerosos conflictos con el Sejm, que no aprobó ninguno de sus presupuestos militares. La oposición de la szlachta a cualquier intento de crear un ejército nacional de carácter permanente va a ser una constante fuente de problemas a largo plazo.

El destino de ambos reinos va a quedar ligado por el establecimiento de la dinastía Vasa, cuando en 1587 el rey Juan III de Suecia, que había fracasado en las dos elecciones polacas anteriores, obtiene al fin una victoria a través de la elección de su hijo y heredero. La causa del que reinaría como Segismundo III Vasa fue defendida por la “Facción Negra”, llamada así por el luto que vestían sus miembros en memoria del fallecido Bathory. Esta agrupaba a aquellos nobles opuestos al candidato de los Habsburgo y contaban con el liderazgo de Juan Zamoyski, el rico e influyente canciller de los tres monarcas anteriores que luego se convertirá en su principal opositor en el Sejm.

Sin embargo, en la Corte de los Habsburgo estaban confiados. Respaldados por la bendición del Papa y el oro del embajador español, Guillén de San Clemente, contaban con que el archiduque Maximiliano resultase elegido. Tras conocer los resultados de los comicios tomaron las armas y llegaron a amenazar Cracovia, siendo repelidos con éxito por las fuerzas de Zamoyski. La guerra llega a su fin con la captura del archiduque en Byczyna y el reconocimiento de la victoria de la facción pro-sueca.

Para entonces ya habían aflorado las primeras tensiones entre el recién llegado y sus súbditos. En pleno conflicto sucesorio, Segismundo se había negado a desembarcar en el puerto de Gdańsk (Danzing) si no se aplazaba la cuestión de la cesión de Estonia a los lituanos hasta que tomara posesión de la corona sueca, promesa que había tenido mucho peso en su elección. Faltando a la palabra dada decepcionó a sus antiguos partidarios y confirmó las sospechas de quienes le veían como un gobernante más preocupado por los asuntos suecos que de los intereses de Polonia.

Durante su coronación por el Sejm observó con desagrado cómo los nobles presentaban una nueva definición de lesa majestad que exceptuaba expresamente toda forma de abuso verbal, de modo que el monarca podría ser difamado libremente por sus súbditos. También se vio obligado a firmar el Tercer Estatuto de Lituania en 1588, una concesión de autonomía institucional que entraba en conflicto directo con los términos de la Unión de Lublin, pero que fue el precio a pagar para lograr la aceptación de los magnates del Gran Ducado.

Constantes agravios le van a llevar a enfrentarse con los mismos que habían apoyado su elección. En una reunión con su padre en Revel este trataría de persuadirle para que abandonase y se instalase en un ducado italiano y en 1589 llegó incluso a negociar con Viena la posibilidad de vender la corona polaca al archiduque Ernesto de Austria por 400.000 florines. Aunque ninguna de estas tentativas llegó a materializarse, reafirmaron las sospechas de sus vasallos, que todavía recordaban la vergonzosa huida del Valois años atrás. Además, su matrimonio con Ana de Austria generó rechazo entre la nobleza polaca enemiga de los Habsburgo.

Segismundo III Vasa en traje español y con el collar de la Orden del Toisón de Oro (Jakob Troschel, circa 1610).

Tras la muerte de su padre en 1594, Segismundo acude a Estocolmo para ser coronado y nombra un consejo aristocrático presidido por su tío Carlos, duque de Södermanland, para gobernar Suecia en su nombre mientras permaneciese ausente. A pesar de su promesa de respetar el protestantismo oficial, su educación en manos de doctores jesuitas había hecho de él un devoto católico partidario de la Contrarreforma. Ya había dado pruebas de ello durante su reinado en Polonia, donde promovió la llegada de misioneros de la Compañía de Jesús y redujo el peso de la representación protestante en el Sejm. Sin embargo, luteranos y calvinistas mantuvieron sus garantías de libertad de culto y la comunidad judía de Polonia consolidó su posición alcanzando un altiplano de opulencia y seguridad que no se repetiría en toda su historia.

Antes de su llegada, la Iglesia de Suecia ya había decidido por adelantado establecer la Confesión de Augsburgo y el catecismo luterano, desterrando el calvinismo y el zwinglianismo como herejías. En un ambiente como aquel no había lugar para un prosélito romano. El recelo de los suecos a una restauración del catolicismo les echó en brazos del duque Carlos, que se autoproclamó regente en 1595, consiguió deponer formalmente a su sobrino en 1599 y comenzó a gobernar como Carlos IX de Suecia en 1604, eliminando gradualmente a los lugartenientes de Segismundo e inaugurando la línea protestante de los Vasa.

Las Guerras Polaco-Suecas (1600-1629)

Desde este momento Suecia y Polonia inician una guerra que se prolongaría intermitentemente durante casi 30 años. La beligerancia de Carlos IX tendría continuidad en las campañas de su hijo Gustavo Adolfo II (1611-1632), un rey guerrero que al igual que su padre perseguía la anexión de Livonia como un medio para afianzar su poder recompensando a sus seguidores con tierras y cargos e hizo suya la ambición del Dominium Maris Balticae: la pretensión de hacer del Báltico un lago sueco mediante su dominación militar y comercial.

Decidido a no repetir una derrota como la de Kircholm (1605) emprendió una serie de innovadoras reformas militares que puso a prueba con éxito durante sus primeras campañas contra los polacos. Además, aunque la Mancomunidad poseía diez veces la población de Suecia, también adolecía de uno de los ejércitos más pequeños de Europa en relación al número de habitantes mientras que Suecia se había consolidado como un Estado centralizado y militar con un eficaz sistema de levas.

La guerra en curso entre polacos y otomanos por el control de Moldavia permite a Gustavo Adolfo lanzar una ofensiva e imponer una paz forzosa que asegura las adquisiciones suecas al norte del río Dvina. En 1625 emprende una campaña que culmina con la caída de Riga en 1629, lo que dejaría el oeste de Livonia (Curlandia) como una posesión sueca que se mantendría durante el resto del siglo. Sin embargo, la ciudad de Danzig, el principal puerto comercial del Báltico, se las arreglaría para resistir durante todo ese tiempo.

Los encuentros navales no fueron muy decisivos, por lo que la sonada victoria de la pequeña armada polaca en Oliwa (1627) no pasa de ser un triunfo menor. En el momento más crítico los polacos se beneficiaron de la ayuda del Imperio, cuyas tropas participaron en la batalla de Trzciana o Sztum (1629) en la que Gustavo Adolfo II casi fue capturado y llegó a temer por su vida.

Poco después de este episodio se llegaría a una tregua de seis años firmada en Altmark que otorga a los suecos el control de todos los puertos prusianos, tanto reales como ducales, excepto Danzig, Puck y Königsberg, además de los derechos sobre las aduanas comerciales de la cuenca del Vístula. Los beneficios del lucrativo comercio de cereales y productos forestales financiaron la posterior irrupción sueca en la Guerra de los Treinta Años. Tras la muerte del León del Norte la paz se prorrogaría con el Tratado de Stuhmsdorf  (1635), por el que Suecia cede sus derechos sobre los puertos meridionales del Báltico a cambio de la confirmación de su control sobre Livonia y la ciudad de Riga.

Las Guerras Polaco-Rusas o Dimitríadas (1605-1618)

La pugna por el poder en el Báltico no concernía únicamente a los Vasa ni se limitaba a una mera lucha por las reclamaciones entre suecos y polacos, sino que existía un tercero en discordia. El Zarato moscovita se había convertido en un poder a tener en cuenta al menos desde tiempos de Iván el Terrible y su entrada en escena dio lugar a un complejo sistema de alianzas triangulares. Cuando uno de los tres poderes era especialmente fuerte, los otros dos tenían que considerar unirse para resistir su empuje, mientras que cuando uno de ellos era especialmente débil, los otros competían para sacar provecho de la situación.

Es por esto por lo que las guerras de Polonia contra Suecia se entrelazaron constantemente con campañas contra los rusos desde el comienzo de la guerra de Livonia en 1558 hasta el Tratado de Oliwa en 1660. Cuando Polonia colapsó definitivamente, Suecia quedó sola frente a los zares, situación que se mantuvo hasta la derrota de Carlos XII a manos de Pedro el Grande en la batalla de Poltava (1709).

Tras la muerte de Iván el Terrible sus débiles sucesores dan paso al llamado Periodo Tumultuoso (1598-1613) un tiempo de caos y guerra civil en el que el Zarato Ruso queda a merced del poder de los boyardos, las intrigas cortesanas y los conspiradores extranjeros hasta el establecimiento de la dinastía Romanov.

Algunos magnates polacos se hicieron eco de los reclamos de un supuesto heredero al trono moscovita, el zarévich Dimitri Ivánovich, que en realidad había muerto tiempo atrás en extrañas circunstancias. Aunque Polonia se mantuvo neutral y no brindó apoyo abiertamente al autoproclamado Dimitri I, hubo entre la szlachta quienes estuvieron dispuestos a prestarle tropas y fondos, como el Gran Canciller de Lituania Lew Sapieha y Jerzy Mniszech, voivoda de Sandomierz, que casaría a su hija Marina Mniszech con el pretendiente. En 1605 sería proclamado zar, pero tras apenas diez meses de reinado cayó víctima de una conspiración fruto de los recelos que inspiraba la creciente influencia de polacos y jesuitas en el Kremlin. El impostor fue asesinado y sus cenizas fueron disparadas con cañones en dirección a Polonia.

La cosa no acaba aquí, ya que en 1608 apareció un segundo personaje que también se hacía pasar por el fallecido zarévich, Dimitri II el Falso, que sería reconocido por Marina Mniszech como su primer marido. También este impostor encontraría a algunos magnates polacos partidarios de lanzarse a una nueva aventura en Rusia e incluso estableció una alianza con los cosacos del Don. La imagen de toda esta hueste reunida en su campamento de Túshino inspiraría la memorable tablilla colocada en el monasterio Troitsko-Sergievskiy de Zagorsk que proclamaba “tres plagas: tifus, tártaros y polacos”. Al año siguiente Suecia firma una alianza con Basilio IV,  último zar de la dinastía Rúrikovichasediado en Moscú por las tropas del falso Dimitri, y envía en su auxilio un cuerpo expedicionario. Esto da a Segismundo III el pretexto que necesitaba para declararles la guerra tomando partido por Dimitri.

En 1610 los polacos comandados por Jan Karol Chodkiewicz aplastarían a un ejército de rusos y mercenarios suecos tres veces mayor en la batalla de Klushino. Pocos días después Basilio IV fue derrocado por el gobierno de los siete boyados, quienes lo tonsuraron forzándole a abrazar el monacato solo para luego enviarle como trofeo de guerra a Varsovia, donde sería obligado a arrodillarse ante Segismundo. Por su parte, Dimitri II no correría mejor suerte que su predecesor y finalmente será asesinado por un príncipe tártaro alcoholizado al que había azotado en una ocasión anterior.

El zar Basilio IV de Rusia, el príncipe de Shuiski, ante el rey Segismundo III (Jan Matejko,1892).

Para entonces, Segismundo había recibido un par de embajadas de algunos boyardos opuestos al despotismo con el que gobernaban los zares. Ciertos nobles rusos anhelaban las libertades polacas y pidieron que su hijo Ladislao fuese coronado con la condición de que debía convertirse a la ortodoxia, devolver las fortalezas capturadas por los polacos durante la guerra y establecer una alianza contra Suecia. El principal opositor a la candidatura de Vladislao fue su propio padre, que no aprobaba la conversión de su hijo y reclamó el trono ruso para sí mismo, no ocultando su voluntad de catolizar Rusia.

La creciente enemistad entre rusos y polacos se hizo insoportable y finalmente nobles, burgueses y campesinos rusos se unieron recuperando el control de Moscú en noviembre de 1612. Las fuerzas polaco-lituanas encabezadas por el príncipe Vladislao y el hetman Chodkiewicz ocuparon gran parte del oeste de Rusia durante varios años, pero no pudieron reconquistar la ciudad, que en febrero de 1613 halló un nuevo zar en la persona de Miguel Romanov. En 1618 llegaría la Paz de Deúlino, que establece un armisticio de catorce años y otorga a los polacos considerables ganancias territoriales, aunque a costa de una cruenta guerra y un resentimiento histórico que resonaría en futuros conflictos entre rusos y polacos.

Segismundo III se acabó convirtiendo en uno de los principales participantes de las llamadas Dimitríadas, esperando sacar provecho de la situación de anarquía política vivida en Rusia, pero lo cierto es que la idea de que la Mancomunidad de Polonia-Lituania, con sus modestos recursos militares y sus maltrechas finanzas, podría haber contemplado ocupar o subyugar las vastedades de Rusia resulta realmente absurda.

Aunque no faltaron partidarios, el Sejm siempre se mantuvo hostil a la intervención y la guerra fue especialmente impopular entre los lituanos. Hasta Chodkiewicz y Żółkiewski, los jefes militares que habían liderado los ejércitos, se mostraron opuestos a involucrarse en los asuntos rusos. Nunca hubo una guerra de conquista comparable a las campañas de Carlos XII o Napoleón, sino que las operaciones polacas no significaron nada más que una serie de aventuras menores en medio de una caótica guerra civil. Tiempo después Juan Zamoyski, opuesto a la mayoría de las políticas de Segismundo, recordaría el asunto del falso Dimitri como una “comedia digna de Plauto o Terencio”.

Los polacos rinden el Kremlin de Moscú al príncipe Pozharsky en 1612. Ilustración de Ernest Lissner.

La cuestión cosaca y el Salvaje Este

Durante los últimos años de su reinado Vladislao IV se las arregló para mantenerse alejado de la mayoría de los problemas de Europa. La firma de la Paz de Polanow (1634) con Moscovia y la Paz de Stumsdorf (1635) con Suecia resolvió los principales conflictos pendientes. Sin embargo, la cuestión de los cosacos levantiscos, un problema enquistado en la Mancomunidad desde su mismo origen, iba a provocar ahora una especie de efecto dominó catastrófico en el que todos los enemigos de Polonia aprovecharían el momento de debilidad creado por la rebelión para atacar al unísono.

En las tierras del sureste aislamiento de las aldeas, pueblos dispersos y monasterios solitarios sujetos a las razias constantes de cosacos y tártaros, las guerras particulares de los grandes señores, los enormes contrastes sociales y económicos que separaban a los propietarios de tierras de los siervos fugitivos y colonos libres, la variada composición étnica y las crecientes diferencias religiosas dan forma a un paisaje marcado por la inseguridad crónica. Esta fue la última frontera abierta de Europa, no menos áspera y violenta que su contraparte posterior en el Oeste americano.

Desde 1590 se había tratado de solucionar la siempre problemática convivencia con la comunidad cosaca mediante la imposición de capitanes procedentes de la nobleza polaca de modo que un cierto número de cosacos “registrados” o empadronados  se encuadrasen en una estructura militar. En cambio, las propuestas para integrarlos en la vida política de la Mancomunidad otorgándoles el estatus de nobles se encontraron con la oposición del Sejm. Episodios de  pillaje y expediciones punitivas continuaron produciéndose de manera regular, como dijo uno de los portavoces del Sejm: “los cosacos son las uñas de nuestro cuerpo político, con el tiempo tienden a crecer demasiado y necesitan cortes frecuentes”.

Durante el reinado de Segismundo III Vasa había tenido lugar la Unión de Brest (1596) entre la Iglesia católica y una parte de la ortodoxa a fin de evitar la dominación del recién creado Patriarcado de Moscú, no sin una considerable oposición de buena parte de la jerarquía eclesiástica rutena y la sucesión de varios levantamientos masivos que culminarían en la rebelión de los cosacos zaporogos que transfirió los territorios del margen izquierdo de Ucrania a la órbita rusa.

Cuando los espías del hetman Estanislao Koniecpolski descubrieron que los cosacos tenían tratos con el kan de Crimea, Vladislao IV lo tomó como una oportunidad espléndida para resolver de una vez por todas la preocupante cuestión de los tártaros y su alianza con los turcos. Desde 1640 el monarca orquestaba una gran guerra entre las potencias europeas y el Imperio Otomano para resolver de una vez por todas la conflictividad de sus fronteras orientales. La campaña se presentaba además como una excusa para dirigir la belicosidad de los cosacos hacia un enemigo externo.

Para ello mandó llamar a una delegación sus líderes a Varsovia, entre los que se encontraba el atamán Bogdán Jmelnitski, y tratando de ganarse su confianza confirmó sus privilegios y les encargó organizar una expedición conjunta contra los infieles. Como de costumbre esto provocó los recelos de la nobleza, siempre reacia a patrocinar guerras expansionistas.

Tras la muerte de Koniecpolski, el comandante polaco más experimentado y un defensor del trato justo a los cosacos, su hijo y sucesor reclamó las propiedades de Jmelnitski alegando que eran suyas. Sintiéndose traicionado después de fracasar en su intento de obtener el favor real en este pleito se convirtió en líder rebelde y estableció una alianza con los tártaros para luego marchar hacia el oeste desde el sich cosaco (su campamento principal o asentamiento) en el Dniéper infringiendo dos humillantes derrotas a los polacos en Zotte Wody y Korsun.

Bogdán Jmelnitski y Tuhaj Bey cerca de Leópolis (Jan Matejko, 1885).

Durante su rebelión la hegemonía de la szlachta, los cosacos descargaron su cólera contra los judíos, algunos de los cuales actuaban como administradores de las propiedades de los terratenientes. Los territorios orientales quedaron devastados por las bandas de campesinos itinerantes y por las salvajes represalias de los ejércitos particulares de los magnates. La elección real de 1648 tras la muerte de Vladislao estuvo marcada por el conflicto con los cosacos: Juan Casimiro se presentó como continuador de la línea negociadora de su medio hermano y predecesor en el trono mientras que el príncipe-obispo Carlos Fernando Vasa defendió una estrategia agresiva.

La victoria del primero permite un acuerdo con el líder rebelde por el que confirma el título de hetman a Jmelnitski y otorga autonomía a los territorios que gobernaba desde Kiev permitiéndole el mantenimiento de una fuerza regular de 40.000 cosacos comprometiéndose a retirar a sus hombres y a permitir la expulsión de los judíos de Chernigov, Bratislav y Kiev. Los puestos de la administración regional se reservarían para los cosacos y la nobleza ortodoxa, que tendría representación en el Senado tras la concesión de un escaño al metropolitano de Kiev. A cambio, los nobles polacos recuperaron sus haciendas y los campesinos fueron sometidos de nuevo a la servidumbre. Sin embargo, la mayoría de los contendientes consideraron la paz como una mera tregua de cara a un futuro enfrentamiento.

Las fronteras del territorio controlado por los cosacos cambiaron con los vaivenes de la guerra, pero cuando Bogdán Jmelnitski murió en 1657, el Hetmanato comprendía alrededor de 1,5 millones de almas. Los dieciséis regimientos del ejército cosaco proporcionaban la administración civil y judicial a dieciséis distritos, pero tenían escasa autoridad sobre la hueste de los zaporogos. La Iglesia ortodoxa desconfiaba del liderazgo cosaco y rara vez lo apoyaba contra sus oponentes. Evitó respaldar la revuelta de 1648 fuera de su conservadurismo social tradicional, aunque tampoco la condenó y se opuso a la alianza con Rusia en 1654 temiendo la subordinación al Patriarcado moscovita.

Batalla de Berestechko (Artur Orlionov).

En otoño de 1653 el ejército polaco al mando de Juan II Casimiro inició una ofensiva desesperada para recuperar y consolidar su autoridad sobre la región sureste del país. Un ejército polaco de 100.000 hombres reclutados de las fuerzas estatales, milicias provinciales y ejércitos privados levantados por los nobles derrotó a un contingente similar de cosacos y tártaros en Berestechko el 30 de junio de 1651. Fue la mayor batalla de la Europa del XVII. Tras esta derrota el líder cosaco se encontró privado de la alianza con los tártaros y tuvo que recurrir a los moscovitas. También buscó la alianza del hospodar de Moldavia pero el Gran Hetman de la Corona, Marcin Kalinowski, fue enviado a la frontera para desbaratar cualquier intento de invasión.

En enero de 1654 no le quedará más opción que jurar lealtad a Alejo I de Rusia a quien compromete la anexión del territorio del Hetmanado cosaco como un territorio autónomo de Rusia a cambio de auxilio militar, si bien Jmelnitski vio esto como una alianza táctica más que como una relación permanente. Como consecuencia del acuerdo de Pereiaslav, un ejército de 41.000 rusos invade la Mancomunidad. Los polacos sufrirían importantes pérdidas territoriales, como la largamente disputada plaza de Smolensk, a la que sigue la captura de las principales ciudades lituanas, entre las que destaca Vilna, capital del Gran Ducado. Pese a que los polacos se impusieron en la mayoría de las batallas nada les había preparado para lo que vendrá después.

El Diluvio: La invasión sueca de 1655.

La invasión de 1655 responde a los temores de que el avance ruso amenazar el predominio sueco en el Báltico efectivo tras la Guerra de los Treinta Años. Con objeto de asegurar sus posesiones de Livonia se propuso una alianza a los polacos, pero las negociaciones fracasaron por la negativa de Juan II Casimiro a abandonar su reclamación del trono de Suecia y por las excesivas demandas territoriales de los suecos. La abdicación de la reina Cristina en 1654 dejó el asunto en manos de su enérgico sucesor, Carlos X Gustavo, un reputado comandante que aprovechó la oportunidad para emprender una nueva expansión territorial.

En esta campaña contó con el auxilio militar de Federico Guillermo, Margrave-Elector de Brandeburgo y Duque de Prusia, que cambió el vasallaje polaco por el sueco. La preocupación de los monarcas polacos por librar guerras extranjeras les había llevado a descuidar las oportunidades de estrechar los vínculos con el Ducado de Prusia. Los nobles prusianos había pedido en varias ocasiones la protección del monarca frente a sus duques, pero fueron ignorados porque los Vasa necesitaban el apoyo de los Hohenzollern en sus aventuras militares y temían que lidiar con ellos fortalecería aún más a la oposición nobiliaria en el Sejm. De esta forma, no pudieron evitar que el ducado pasase a la órbita de Brandeburgo y perdieron toda oportunidad de integrarlo al Estado polaco-lituano.

Continúa así la escalada de intervenciones extranjeras, con la llegada de suecos (1655) brandeburgueses (1656) y transilvanos (1657) que se precipitarían sobre Polonia cuando esta ya tenía sus recursos militares saturados resistiendo la envestida de rusos y cosacos. En el este los tártaros saqueaban a voluntad, conduciendo a los campesinos a la esclavitud y matando a los que eran demasiado débiles para resistir la marcha a Crimea. Mientras tanto, las tensiones de la guerra incesante causan inflamaciones internas poniendo en evidencia la inflexibilidad de un sistema cuyas arterias se estaban endureciendo visiblemente.

Todos los intentos de Juan II Casimiro de remediar los defectos constitucionales y financieros condujeron primero al conflicto con el Sejm y luego a la guerra civil. Décadas de problemas constitucionales sin resolver, un expansionismo territorial demasiado ambicioso, conflictos etno-religiosos y declive económico estrangularon a la Mancomunidad de Polonia-Lituania y en el proceso provocaron el Potop (1655-1660), “El Diluvio”, cinco años de confusión y destrucción sin precedentes en la historia polaca en los que esta perdió casi un tercio de su población (aproximadamente tres millones de personas) y un gran número de pequeñas ciudades y haciendas fueron quemadas y saqueadas.

El auténtico colapso comenzó el 24 de julio de 1655, cuando la práctica totalidad de la noble hueste se rindió apresuradamente en Ujście. Entre esta se encontraban ricas y antiguas familias como los Radziwitt, los Opaliński, los Koniecpolski e incluso el futuro rey Juan Sobieski, aunque la abrumadora mayoría de los nobles prefirieron huir antes que firmar una capitulación y se mantuvieron a la espera de ver cómo se desarrollaba la situación. Además de estos, una treintena de senadores marchó al exilio, el rey Juan Casimiro se acogió a la protección del emperador en Silesia y muchos polacos y lituanos pasaron al servicio sueco.

Mapa de la Mancomunidad de Polonia-Lituania con las zonas ocupadas por suecos y rusos durante El Diluvio.

Si muchos se negaron a apoyar a Juan II Casimiro en esta coyuntura crítica fue porque sentían que, como sus predecesores, solo buscaba ventajas personales y dinásticas a costa de la Mancomunidad. La sesión extraordinaria del Sejm de junio de 1655 apenas pudo responder a nueva amenaza proporcionando algunas tropas adicionales: 7.000 soldados de caballería regular, 6.500 infantes entrenados y un indisciplinado contingente de caballería nobiliaria de 33.000 jinetes. Tras años de elevadas cargas y tributos para costear guerras , muchos magnates preferían levantar sus propias levas antes que sufragar tropas estatales.

Por su parte, Suecia contaba con un ejército de 14.000 hombres magníficamente entrenados, en su mayoría veteranos de la Guerra de los Treinta Años. Además, los suecos atacaron desde una dirección inesperada, porque Brandeburgo permitió libre tránsito por su territorio a las tropas del general Arvid Wittenberg mientras el elector se marchaba con su pequeño ejército permanente a proteger Königsberg.

El mismo Carlos X Gustavo hizo acto de presencia al frente de refuerzos y condujo sus fuerzas combinadas hacia el interior de Polonia. Tras la victoria de Piætek marcharon sobre Varsovia, ciudad que Juan II Casimiro había abandonado indefensa y a cuya toma siguió la de Cracovia, defendida tenazmente por Stefan Czarniecki, que obtuvo de los suecos el derecho de retirarse con sus hombres y se acabaría distinguiendo como uno de los mejores comandantes de la historia de Polonia. Los ejércitos lituanos no lo hicieron mejor contra rusos y cosacos y finalmente el Gran Hetman de Lituania, Janusz Radziwill, que mantenía tensas relaciones con el monarca, se sometió a la soberanía sueca a través del Tratado de Kejdany firmado el 18 de agosto de 1655, reconociendo a Carlos Gustavo X como rey de Lituania y rompiendo con ello la Unión de Lublín.

Para entonces la conquista del territorio parecía completa, pues apenas quedaban algunos focos aislados como Danzing y el monasterio de Jasna Góra (Częstochowa), defendido por 300 polacos contra una fuerza sueca diez veces superior que obligó al general Burchard Müller a retirarse después de setenta días de sitio. Un hito que se atribuye a la intercesión de un icono milagroso de la Virgen supuestamente realizado por el mismo San Lucas y que se convirtió en un símbolo de resistencia y unidad ante el invasor inspirando el movimiento antisueco.

Completamente devastada y desarmada, Polonia debía recurrir a la ayuda de otras potencias, pero a Francia le unía una alianza más fuerte con los suecos y las peticiones de ayuda al emperador no hallaron respuesta. La Guerra de los Treinta Años estaba muy reciente y una de sus consecuencias fue que el rey de Suecia, en su calidad de duque de Pomerania, tuviese asiento en la Dieta, desde donde podría servirse del descontento de los príncipes alemanes para poner trabas a la próxima elección imperial.

La resistencia contra los suecos nunca cesó del todo y creció en fuerza y apoyos a medida que estos financiaron su ocupación con fuertes confiscaciones y requisas. Las fuerzas de ocupación despertaron el odio de la población por el saqueo sistemático de iglesias católicas, los excesos iconoclastas y el asesinato de miembros del clero. Bandas formadas por nobles, burgueses y campesinos se echaron a los campos siguiendo la estrategia casi “partisana” de Czarniecki, que permitió liberar las regiones más periféricas a lo largo del otoño de 1655.

El 1 de abril de 1656 tuvo lugar en la ciudad de Leópolis un acto simbólico en el que se nombró Reina y Protectora de Polonia a la Virgen Negra de Częstochowa, patrona del citado santuario paulino de Jasna Góra. Esta grandiosa y elaborada ceremonia tenía la intención de mostrar la determinación de Juan Casimiro de defender el catolicismo ante los herejes suecos así como de incitar a todo el pueblo a levantarse contra los invasores. Polonia había sido fácil de conquistar pero no tan fácil de someter.

El voto de Juan Casimiro. Stefan Czarniecki aparece tras el rey con la espada desenvainada. (Jan Matejko, 1893).

El siguiente revés para los suecos fue la sublevación de Estanislao “Rewera” Potocki y Stanisław Lanckoroński que, disgustados por la falta de pagos, renunciaron a su juramento de lealtad a Carlos X Gustavo y en diciembre de 1655 formaron una liga nobiliaria contra la ocupación conocida como la Confederación de Tyszowce. En paralelo se estaban produciendo levantamientos campesinos como el que ayudó a expulsar a los suecos de Lituania entre 1659 y 1660. Cuando quedó claro que Suecia perseguía sus propios objetivos con escaso respeto por los intereses locales, la posición de prestigio de Juan Casimiro mejoró considerablemente y la mayoría de los que habían pasado al lado sueco renovaron su juramento de lealtad.

El rey regresó de Silesia para reconquistar el terreno perdido y hacerse cargo de la Confederación de Tyszowce tomando el mando de los ejércitos nutridos por una nueva leva. Los restos del ejército real al mando de Stefan Czarniecki se dedicaban a desbaratar las líneas de comunicación y suministro enemigas, evitando en todo momento las batallas campales con las principales fuerzas enemigas. El hostigamiento con tácticas de guerrilla hicieron el campo tan peligroso que obligaron a los suecos a encerrarse en las plazas fortificadas que controlaban. Las victorias polacas hicieron crecer el ejército, que alcanzó los 60.000 hombres, la mitad de ellos soldados regulares.

Juan Casimiro liberó Varsovia el 30 de junio de 1656 después de un breve asedio de tres días, aunque la victoria quedó empañada porque algunos soldados polacos mal pagados lo celebraron saqueando la ciudad. Un mes más tarde sería derrotado en los alrededores de la misma urbe, pero esto no detuvo la retirada sueca hacia Pomerania. El temor a perder la colaboración militar de los prusianos obligó a Carlos X Gustavo a firmar el Tratado de Labiau (1656) con el que cede la soberanía del Ducado de Prusia al Gran Elector de Brandeburgo.

Carlos X Gustavo había arriesgado mucho al entablar una lucha confusa que, a pesar de los triunfos militares iniciales, no le reportó ningún beneficio significativo y además indispuso a todas las potencias vecinas. Queriendo al menos retener las conquistas suecas a lo largo de las costas del Báltico trató de atraer a Jorge Rákóczi II, príncipe de Transilvania, a su causa mediante la promesa de entregarle la corona polaco-lituana e incluso llegó a nuevos acuerdos separados con Brandenburgo, los cosacos y el poderoso magnate lituano Bogusław Radziwiłł para dividir la Mancomunidad (adelantándose más de un siglo a la primera partición de Polonia) pero estos planes nunca entraron en vigor.

El príncipe de Transilvania lanzó su ataque en enero de 1657 a la cabeza de 40.000 soldados, conquistando el sur de Polonia y aliviando la guarnición sueca sitiada en Cracovia, pero no pudo sostener la campaña en solitario y fue derrotado en Medzhybizh, tras lo cual renunció a sus pretensiones sobre el trono polaco y se retiró. Los tártaros destruyeron su ejército en retirada y el hetman Jerzy Sebastian Lubomirski dirigió a sus huestes desde la Pequeña Polonia para saquear Transilvania.

Los enemigos de Suecia terminaron por fuerzas con polacos y lituanos. En este sentido será decisiva la declaración de guerra por parte de Dinamarca, que reavivó su vieja enemistad con los suecos en su deseo de recuperar la disputada provincia de Escania perdida en 1635. La ofensiva danesa desvió la atención de Carlos X Gustavo, que en un término de dos meses pasó de Polonia a Holstein. También el emperador Fernando III envió tropas para luchar junto con Juan II Casimiro, aunque los polacos tuvieron que asumir el coste económico de la ayuda. A mediados de noviembre de 1658 concluye el asedio de Toruń por las fuerzas polacas e imperiales y el resto de ciudades costeras son tomadas a lo largo del año siguiente.

Federico Guillermo de Brandeburgo abandonó a Suecia y aportó 1.500 soldados de infantería y 500 de caballería a los polacos a cambio del reconocimiento de su plena soberanía en la Prusia ducal mediante el Tratado de Wehlau-Bromberg (1657), que sienta las bases del futuro Estado prusiano como uno de los principales beneficiarios de un conflicto internacional que no controlaba y ha sido considerado como uno de los mayores errores de Polonia en materia de política exterior.

La muerte de Carlos X Gustavo, que dejó el gobierno de Suecia en manos de una regencia, facilitaría las negociaciones de paz que llevarían a la firma del Tratado de Oliwa el 3 de mayo de 1660. Esta paz confirmaría la independencia de Prusia, pese a que la nobleza local y la ciudad capital de Königsberg habían seguido buscando la ayuda polaca frente al gobierno absolutista de Federico Guillermo incluso después de los acuerdos de Wehlau-Bromberg. Juan II Casimiro tuvo que renunciar a reclamar Livonia, así como a sus derechos sobre la corona sueca, perdida por su padre Segismundo III en 1599.

Una vez desaparecida la amenaza sueca y muerto Jmelnitski, los polacos trataron de resolver el problema cosaco. La firma del Tratado de Hadiach (1658) con el nuevo hetman, Iván Vigovski, podría haber garantizado el futuro de una Mancomunidad fuerte y frenar la expansión rusa, pero la falta de acuerdo y las divisiones tanto en la szlachta como entre los propios cosacos impidió su entrada en vigor. Según los términos del tratado, los territorios de Kiev, Pereiaslav y Cherníhiv se habrían convertido en el Gran Ducado de Rutenia, gobernado por un hetman vitalicio elegido en el Sejm y confirmado por el monarca, dentro de un Estado tripartito polaco-lituano-rutenio.

El fracaso de esta iniciativa tuvo efectos devastadores para el Hetmanato, que se vio inmerso en una serie de guerras civiles por el poder entre distintos caudillos militares apoyados por rusos y polacos, que finalmente acordaron una tregua con la firma del Tratado de Andrúsovo en 1667. Esta paz costó a los polacos la pérdida de Ucrania Oriental, incluyendo Kiev y la fortaleza de Smolensk, mientras que la Sich de Zaporozhia quedó en soberanía compartida como zona de protección frente a tártaros y otomanos, con los que los cosacos se terminarían aliando en guerras futuras. La incapacidad mostrada por Juan II Casimiro en su intento de reformar el sistema político le obligaría a abdicar en 1668 y tras tratar de forzar la elección del príncipe de Condé sin éxito se exilió a Francia, donde murió.

Mapa de Polonia-Lituania tras el Tratado de Andrusovo (1667) que muestra las pérdidas territoriales a manos de los rusos, el Hetmanato dividido, la Livonia sueca y una Prusia Ducal independiente.

Pese a todo esto y aunque la primera mitad del siglo XVII no fue fácil para Polonia, lo cierto es que al mismo tiempo supuso el cenit de su vida urbana y comercial. El consecuente enriquecimiento permitió a su aristocracia un nivel de vida que contrastaba con la miseria campesina cada vez más acusada mientras que la Mancomunidad alcanzó su mayor extensión territorial y disfrutó de un grado de prosperidad y estabilidad que no volvería a repetirse.

La fuerza del Estado polaco-lituano puede verse en su capacidad de derrotar a los suecos y frenar a los ejércitos cosacos y rusos combinados, pero lo cierto es que El Diluvio va a causar estragos en la Mancomunidad, hiriendo de muerte a la unión, siendo finalmente una de las causas que llevaron a la desaparición de la misma con su reparto entre varias potencias.

Bibliografía.

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FROST, Robert I. After the Deluge. Poland-Lithuania and the Second Northern War, 1655–1660. King’s College London, 2004.

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